Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. José Luis Hernández.

Cuando al final podamos empezar a pasar página de la auténtica catástrofe que vivimos como consecuencia de la crisis sanitaria por la COVID-19, el microrrelato de Monterroso que da título a este texto,  es como una profecía de lo que nos está esperando a la vuelta de la esquina, que no es otra cosa que un monstruo que no ha desaparecido y que ni siquiera está dormido, la crisis climática.

Un amigo columnista asimilaba la situación actual a la de un viaje a bordo de un barco destartalado y a punto de zozobrar en cualquier momento y hacía una comparación  con lo acontecido con la otra crisis más reciente a la que nos hemos enfrentado, la del 2008. En aquella ocasión nos tocó resistir a la tormenta con una oficialidad y una tripulación pirata, que solo se preocupó de buscar salvavidas para la banca, el IBEX 35 y unos pocos clientes de primera clase, sin preocuparse en lo más mínimo por los pasajeros más humildes que viajaban en las bodegas inferiores.

No me cabe la menor duda de que ahora estamos de suerte y en la gran mayoría de las instituciones, quienes tienen la responsabilidad de timonear la situación, están haciendo lo imposible para que el barco no vaya proa al marisco y para que toda la gente embarcada tenga alguna suerte de salvavidas. Tampoco dejo de reconocer que ahora se han multiplicado los escollos peligrosos y los tiburones sedientos de sangre que merodean la embarcación.

Ambas crisis, la del 2008, de más contenido económico y la actual, sanitaria sobre todo, son reflejos  y, de alguna manera, consecuencia del agotamiento de un sistema, que además ha engendrado a la madre de todas las crisis, la climática, que nos sigue esperando con la celada preparada.

Estos días hemos podido ver publicados datos esperanzadores sobre la mejora general de nuestro medio natural, como  dos gráficos elaborados por la empresa tinerfeña Sistemas de Datos, tomando como base las informaciones  proporcionadas por uno de los satélites Sentinel, antes y durante la situación de confinamiento por la COVID-19 y que muestran una brutal disminución en el cielo de Canarias de la contaminación atmosférica por Dióxido de nitrógeno (NO2), contaminante ambiental muy ligado a las emisiones del transporte.

Esta mejora indudable de la calidad ambiental y, en ciertas manifestaciones, hasta un desenfreno de la naturaleza como hacía tiempo que no se veía, no nos pueden llevar a engaños, estamos solo ante un espejismo producto de una eventualidad. Para muestra un botón: el efecto sobre la disminución de los GEI en la atmósfera ya se está revirtiendo a pasos agigantados con la vuelta de China a “la normalidad” y con las exigencias energéticas desenfrenadas de su industria ligera y pesada. Cuando los otros dos gigantes industriales y de consumo del mundo, la UE y  los Estados Unidos, se incorporen plenamente a “normalidad” anterior, el espejismo desaparecerá de inmediato.

Sin embargo, yo sigo la senda del optimismo y la de creer en el poder transformador de la humanidad, tal y como lo ha expresado recientemente en una entrevista el profesor Wolfredo Wildpret y considero que de la crisis sanitaria en la que estamos inmersos tenemos que sacar positividades que hagan que el efecto sobre el clima no sea un sarampión pasajero.

En cualquier caso, pobre de la humanidad si se confía en que este barco va llegar a buen puerto sin hundirse, reparar sus averías y volver a zarpar para realizar las mismas singladuras. Con esta pandemia no se va a acabar el mundo, pero con toda probabilidad sí se acabará un mundo, el de la “normalidad” que nos ha llevado hasta aquí y al que sería un suicidio intentar volver.

En la Concejalía de Medio Ambiente y Lucha Contra el Cambio Climático de La Laguna lo tenemos presente y, a pesar de que ahora el grueso de nuestras energías, como en el resto de áreas del Gobierno municipal, están puestas al servicio de combatir los efectos económicos y sociales de la crisis sanitaria sobre la ciudadanía lagunera, seguimos con la máquina avante, sin perder  el rumbo y plenamente conscientes de que continuamos en emergencia climática y  que por tanto tenemos la obligación de enfrentar a la madre de todas las crisis, esa que puede cuestionar la pervivencia del planeta y de la humanidad con mayor virulencia que la de la de 2008 y la de la COVID-19 juntas.

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